
En el siguiente blog tenéis el texto corregido. Aunque no sigue el mismo orden que nosotros bien sirve para adelantar.


La vida es sólo vida porque existe la muerte, y nuestra realidad no es más que un viaje brevísimo en el tiempo. Estas reflexiones son el lugar más común que concebirse pueda: no ha debido de existir un solo individuo, desde el principio de la humanidad, que no haya tenido alguna vez en su vida un pensamiento semejante. Ahora, en la celebración pública del fin de año, todos los ciudadanos del mundo occidental ( porque en otras culturas hay otros calendarios) andarán rumiando estas meditaciones. Si uno guarda suficiente silencio interior el 31 de diciembre, tal vez consiga escuchar el clamor de los pensamientos colectivos, todos esos millones y millones de mujeres y hombres que en el mismo día nos decimos: “Qué deprisa va esto, qué poca cosa somos”
A final de año el tiempo camina tan veloz como el contador trucado de un taxista los humanos vvimos contra el tiempo intentando detenerlo con el alfiler de nuestra memoria como quien clava una mariposa en un corcho lo cual es un esfuerzo claramente inutil, porque la mariposa muere al ser atravesada se tienen hijos contra el tiempo se construyen piramides se escriben libros se levantan imperios comerciales se organizan guerras y se firman paces se hace el amor con desesperacion en las noches negras todo parar el tiempo y derrotarlo pero hagamos lo que hagamos incluso si inventamos leyes de la relatividad que definen que el tiempo es una entelequia al final acabara por atraparnos nuestro día último.
Tal vez el quid de la cuestión consista en contemplar las cosas de otro modo por ejemplo tengo para mi que uno de los problemas del individuo contemporaneo consiste en vivir la vida como si fuera un trayecto hacia algun lugar es decir tendemos a quemar y a desdeñar el tiempo presente como si la verdadera felicidad y la vida plena estuvieran siempre por llegar y en ese desasosiego se nos escapa el tiempo y nos deshace.
Cuanto mejor sería poder aceptar este misterio del vivir en la plenitud de cada momento. Ya lo dijo Horacio en su oda famosa: “¡Cuánto mejor es soportar lo que sea, tanto si Júpiter nos ha concedido muchos inviernos como si es el último este que ahora azota el mar Tirreno con un oleaje adverso...! Actúa sabiamente: destila las uvas para el vino y, para tan breve tiempo, suprime las largas aspiraciones. Mientras hablamos habrá huido la vida ansiosa... Goza el día que vives (carpe diem), confiando lo menos que puedas en el que ha de venir”.
Horacio murió hace 2000 años, y antes y después que él pasaron por el mundo millones de personas. Algo tan común y tan natural no puede ser horrible: nacer y morir encierra una continuidad y una armonía. No hay que luchar contra el tiempo, sino vivirlo. La existencia es el aquí y ahora, esta explosión de luz que inunda nuestros ojos.
(Rosa Montero: Carpe diem; /El País Semanal, 5 de Enero de 1997.
No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet. Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. "Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo... Regresarán en pocos meses".
Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje... Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.
No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad... A fin de cuentas aquí no hay nada.
Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.
No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adonde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. "Mi hija está en Berlín", "se ha marchado a Montpellier", "se fue a Dubai" son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.
En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.
No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota especialmente a Andalucía, que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.
No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridos ni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.
CONCHA CABALLERO
EL PAÍS